Feb 8, 2017

La institucionalización de la lectura: ¿y dónde ha quedado la lírica?


Por
toto

Es común escuchar que algo es lírico porque alude o se mueve en medio de manifestaciones que giran en torno al buen recuerdo, a la nostalgia, a la bohemia, al gusto… a las letras. Aquello que está muy cercano a las fibras humanas de lo emocional, y por tanto, está ligado al sentir.

Hegel, por ejemplo, relaciona la lírica con el mundo interno del individuo donde éste encuentra “las pasiones de su propio corazón y espíritu” (Estética VIII, La poesía, 1832). De ahí, que se podría decir que la lírica es una expresión enmarcada en el sentimiento y la esperanza. 

Por ello, y desde un plano general, cuando un determinado comportamiento o práctica está proyectado desde lo lírico, puede conllevar, guste o no, a una pausa para pensarse a sí mismo, en el entorno y el contexto en que se habita.

Lo lírico, por ende, tiene la esencia de la identidad, la aceptación y el disfrute. Y es por esta razón de lo esencial, que cuando no hay lírica los resultados del sentir, del pensar y del hacer, solo reflejan acciones grises y rígidas donde el quehacer está por encima del ser expresus. 

[…] Dimensionar la lectura como una práctica que acude a la lírica […] como un marco desde donde se puede comprender también, como lo expondría Didier Álvarez, las necesidades del alma de sujetos y comunidades.

En este sentido, dimensionar la lectura como una práctica que acude a la lírica, entendiendo, específicamente, que no se habla de ésta última como género literario, sino, como un marco desde donde se puede comprender también, como lo expondría Didier Álvarez, las necesidades del alma de sujetos y comunidades, es posibilitarla como una oportunidad recíproca en la que quien la promueve, igualmente, está siendo lector y promotor de su auditorio y, en consecuencia, la práctica de la lectura puede llevar a que se realice desde matices de pertinencia y gusto.
 
Lamentablemente, el mundo contemporáneo ha traído consigo una serie de dinámicas cuya intencionalidad, pareciera, es la de esquematizar al ser a través de políticas y normalizaciones de competitividad y sostenibilidad, que han hecho de lo lírico solo un enunciado. Y en esto han debido entrar los estados, las entidades y las instituciones, pues, de lo contrario, su existencia en el contexto y en el entorno, estará relegada o desaparecida, en tanto no se cumple con las exigencias de un mercado.   

De ahí que la lectura, a pesar de que se sustenta desde políticas estatales y desde reclamos institucionales para que se practique, al tiempo, no se proyecta como una práctica necesaria para que se enriquezca el capital cultural de un país, siendo éste, la base fundamental de la proyección personal, profesional y social de los sujetos que lo conforman.  

El mercado ha hecho de la lectura un párrafo más de los discursos de las campañas electorales. Una cifra estadística de los entes estatales y una acción operativa de los planes institucionales que la han llevado a que se convierta, en ocasiones, en un simple argumento presentado en congresos, en discusiones académicas o reuniones sociales al compás de un vino o un café. ¡Es allí donde se acude a la lírica!  

¿Qué pasará entonces con la lectura por gusto? ¿Se estará proyectando desde los estándares de calidad? ¿Dónde quedan los sujetos a quienes se les promueve la lectura? 

Una cosa es dar cumplimiento a las exigencias formales, pero, otra muy distinta, es querer encostalar a la lectura y los lectores dentro de un cuadro porcentual. 

La lectura, de acuerdo con Freire (1984), es un acto de liberación que le permite al sujeto hacer las catarsis emocionales, creativas e intelectuales de su propia existencia. Es la posibilidad para que el sujeto establezca los acuerdos con la sociedad y pueda afrontar las angustias a las que ésta lo lleva. Por ello, no puede dimensionarse dentro de una escala numérica que requiere aumentarse. 

La lírica de la lectura, aludiendo a Barthes (citado por Metcalfe, 2015, p. [65]), “es hacer trabajar a nuestro cuerpo (…) a partir de la invitación de los signos del texto”. Pero, tal y como se está proyectando hoy ese trabajar el cuerpo desde la lectura,  podría llevar a fisionomías lectoras estáticas que solo posarían para la fotografía de sustentación institucional. 

El cuerpo es vida, movimiento y decisión en el mundo, por lo tanto, querer enmarcarlo bajo premisas de mejoramiento de la calidad, es pretender estandarizar las manifestaciones culturales en las que éste sustenta su configuración.

La lectura como un cuerpo, producto de tales manifestaciones, requiere, por ende, practicarse sin ataduras formales, en tanto es también el cúmulo de las riquezas que el sujeto configura para relacionarse con sus pares humanos y sociales.

La lectura, de acuerdo con Freire (1984), es un acto de liberación que le permite al sujeto hacer las catarsis emocionales, creativas e intelectuales de su propia existencia.
Como una práctica cultural, la lectura debe permitir la lucha por la libertad. Debe ser un espejo no empañado por postulados discursivos que ganan el aplauso de un elector, de un jefe o un grupo sui géneris cuyas acciones propenden por el “bienestar” de una comunidad. Así  que no debe bañarse en el “regocijo” de ese “bienestar”, puesto que su lírica sucumbiría ante la normalización. 

¿Será entonces, por ello, que existe esa distancia entre los planes estatales e institucionales de lectura con las necesidades lectoras de las comunidades? ¿A qué se estará dando prioridad hoy cuando se promueve la lectura? ¿La promoción de la lectura estará respondiendo, más, a exigencias del corte institucional que a las expectativas lectoras de los sujetos?     

No se trata de romantizar la práctica de la lectura, sino, de plantear una reflexión para que se evalúe lo que se está haciendo hoy en relación a su promoción. 

La lectura es también un acto íntimo de los sujetos que requieren de ella como un sillón de psicoanálisis donde se posan para expresar las incertidumbres de su ser, ¡y esto... no tiene ninguna escala de medida!    


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Fuentes bibliográficas

- Álvarez Zapata, Didier; Giraldo Giraldo, Yicel Nayrobis; Rodríguez Santamaría, Gloria María; Gómez Vargas, Maricela. Acercamiento al estado actual de la promoción de la lectura en la biblioteca pública en Colombia. En: Revista Interamericana de Bibliotecología, vol. 31, núm. 2, julio-diciembre, 2008, pp. 13-43 Universidad de Antioquia Medellín, Colombia.

- Andrew Metcalfe, Ann Game. (2015). Sociología apasionada. Barcelona: Editorial UOC.

- Chartier, Roger. (2009). El libro y sus poderes. Siglos XV – XVIII. Medellín: Universidad de Antioquia.

-------------------- (1994). Libros, lecturas y lectores en la Edad Moderna. Madrid: Alianza Editorial.

- Freire, Paulo. (2004). la importancia del acto de leer y el proceso de liberación. México: Siglo XXI Editores.

-  Ramírez Leyva, Elsa M. [Comp.]. (2006). Las prácticas sociales de lectura. En: Segundo Seminario Lectura: pasado, presente y futuro. México: Centro Universitario de Investigaciones Bibliotecológicas. UNAM.

- Uribe Tirado, Alejandro; Alvarez Zapata, Didier; jaramilloa Cadavid, José Roberto. De leer, serie radial sobre la promoción de la lectura. En: Revista Interamericana de Bibliotecología, vol. 31, núm. 1, enero-junio, 2008, pp. 67-83. Universidad de Antioquia. Medellín, Colombia.

-          La estética de        Hegel. Disponible     en:  http://www.raco.cat/index.php/convivium/article/viewFile/76231/99005







Apr 18, 2016

La lectura como práctica...

Por
toto

 ... Antes sería interesante preguntarse ¿qué es una práctica?, y aún mejor, ¿cómo se configura una práctica?  Ahora, es posible que alguien pregunte ¿una práctica de qué...?, lo que permitiría brindar una respuesta que la relaciona con los ámbitos culturales, sociales, educativos, políticos, etc. Pero, se considera que el desarrollo de la presente reflexión pueda ofrecer, no una, sino varias respuestas.

Desde una apreciación muy básica la "práctica" se enmarca dentro de un continuo quehacer, a veces rutinario, que conlleva a que un sujeto la introyecte, incorpore en la dimensión bourdiana, de manera consciente o inconsciente y que refleja a través de su conducta. Es decir, es un acto ligado al gusto, pero también a la respuesta de una demanda social, económica, laboral, entre otras, que, en ocasiones, puede tener matices de obligatoriedad, así se esté en disgusto o en desacuerdo con ella. En este sentido, una práctica puede conllevar a que el sujeto la realice en la perspectiva de responder a una demanda de convivencia o de compromiso que solo se limitaría al cumplimiento, al consumo, al deber…, más, no como un eslabón para adquirir un habitus enfocado hacia su proyección del ser y del hacer.

Por lo tanto, reflexionar sobre la lectura como práctica en un contexto determinado, es analizarla desde las dinámicas que se tejen dentro del ámbito familiar, escolar, social y estatal, que son desde donde, se supone, se proveen los mecanismos de disposición[1] que involucrarán al sujeto en las dinámicas sociales.

Así entonces, en el ámbito familiar la práctica pende, por una parte, del capital cultural[2] que tengan los padres, entendido éste como la herencia, la educación, el cimiento desde donde establecen la interacción social, la concepción del mundo y su proyección; y por otra parte, de las nuevas dinámicas que la evolución del mundo les imponga para proceder frente a los hijos, frente al otro. Cabe considerar aquí también, la disposición que tengan los hijos, en tanto nueva generación, con otras maneras de comprender y concebir, que los lleva a asumir una práctica tal dentro de sus cotidianidades.

De ahí que comprender la lectura en este ámbito, como una práctica que reside en lo cultural y social, requiere de unos mecanismos de disposición amparados en la simbología, la imagen, el arte, la manera en que se interacciona con la radio, el televisor, la internet, el celular, etc., los cuales incidan en la incorporación de la misma, dentro de las prácticas familiares, educativas y sociales de sus miembros, en pro de que se construya una cosmovisión bajo un carácter que involucre el gusto, la crítica y la autorreflexión, como aspectos de la evolución del ser y del hacer.

En el ámbito escolar asumir la lectura como práctica involucraría al estudiante, al maestro, a la institución y a los padres de familia, puesto que son quienes conforman la comunidad educativa que propende por configurar las acciones que llevarían a un buen fin el que dicha práctica sea incorporada en el estudiante. Al respecto cabe tenerse en cuenta que es fundamental lo que se haga en el ámbito familiar en torno a ella. 

Y es aquí, en la escuela, donde también toma importancia el ejemplo. Esto es, desde el marco institucional trabajar alrededor de un proyecto de lectura transversal al currículo. Utilizar la simbología, las artes y los hechos históricos como estrategia de ambientación de las aulas. Que los maestros utilicen algunos tiempos para leer en la biblioteca, en el aula, en el patio... Que su pedagogía contemple el interrogante, la pregunta abierta, la ambientación del aula con retratos, imágenes respecto al tema, música, biografías, etc., con el objeto de ampliar las posibilidades de comprensión de los temas; pero, al tiempo, para tratar de incentivar el acercamiento a los autores y textos.  Esto podría contribuir no solo con la lectura de contenidos, sino también de los contextos.

Todo lo anterior, sin embargo, debe estar respaldado por una política estatal de lectura a través de la cual se posibiliten lineamientos que conlleven a un engranaje de los diferentes ámbitos. Pero esto requeriría una mirada más sistémica del contexto, es decir, el todo y sus partes, y sus partes hacia el todo. Esto quiere decir, por ejemplo, que una política de lectura para una sociedad parte de la lectura que se haga de ella; esto es, comprender las particularidades culturales y sociales que se tienen en pequeñas, medianas y grandes comunidades, pues, son ellas las llamadas a generar mecanismos de disposición que llevarían, posteriormente, a que los sujetos reflejen un comportamiento determinado en los diferentes ámbitos y a establecer un horizonte de proyección en el ser y en el hacer.      

Así entonces, se podría considerar que la lectura contaría con un escenario que le posibilitaría traducirse en una práctica cultural cimentada en unas raíces sembradas en el ámbito familiar y escolar, y que cuenta con los medios para consolidarse en un quehacer consciente de cotidianidad del sujeto; es decir, entendida no como un asunto de mecanización, sino, como una práctica que, bien sea por gusto, por necesidad, por cumplimiento, etc., el sujeto acude a ella desde un marco de naturalidad porque es parte de sus decisiones. 






[1]. Entendidos desde Bourdieu (1998) como aquellas acciones que hacen que un "algo" sea realizado o asimilado por el sujeto para asumir los compromisos o para su proyección. 

[2]. Bourdieu, Pierre. (1998). La distinción. Criterios y bases sociales del gusto. Madrid: Ed.Taurus.

--------------------------- (1993). La lectura una práctica cultural: Debate entre Pierre Bourdieu y Roger Chartier. En: Prácticas de la lectura / Roger Chartier. Bolivia: Plural editores.

3. García Canclini, Nestor. Et. al. (20015). Hacia una antropología de los lectores. México: Ediciones culturales Paidós S.A.

4. Ramírez Leyva, Elsa M. [Comp.]. (2006). Las prácticas sociales de la lectura: memoria del segundo seminario lectura: pasado, presente y futuro. 22 - 24 de noviembre de 2005. México. Centro Universitario de Investigaciones Bibliotecológicas. UNAM. 

Fuentes de imágenes:

-http://es.slideshare.net/nadyamarisha/el-aprendizaje-de-la-lectura-y-escritura-7853500

- https://mariamulatalectora.org/


May 13, 2014

¿Dónde se cruzará el interés por leer de acuerdo a las distintas intencionalidades donde se gesta?




Este texto no es más que un ejercicio vinculado a lo extremo, cuya pretensión es tratar de lograr una vinculación entre el interés que tienen los ámbitos gubernamental, cultural y social para que los miembros de la sociedad lean. Ello supone un juego de especulaciones, tal vez, con algún grado de acierto, frente a las paradojas o contradicciones que pueden existir entre los postulados, enunciados, objetivos y gustos que entre unos y otros se tejen y que lo más seguro es que se distancien de las prácticas o expresiones sociales a las que contribuye la lectura.  
La lectura como instrumento para… o como práctica cultural para… o como contribución al conocimiento porque… o como simple práctica, tiene un plus interesante que la hace pasar de lo abstracto de la palabra misma “lectura” al encadenamiento de preguntas, preocupaciones y acciones tangibles que necesitan saber ¿por qué sí? o ¿por qué no? se practica el acto de leer.
 
Desde el punto de vista gubernamental, y empieza aquí lo paradójico del asunto, de cierto tiempo histórico hacia acá se han venido gestando una serie de estrategias enmarcadas en planes de lectura cuyos intereses responden a lo planteado en los planes de desarrollo que solo tienen vigencia en el tiempo de gobernabilidad que contemplan las cartas magnas, a no ser que se decrete acerca de la ampliación del tiempo de gobierno. Es decir, y como muestra de ello, no es sino darse cuenta de los distintos planes de lectura que entre la década de los 80s hasta hoy (siglo XXI)[1] se han creado en Colombia, y cuya denominación ofrece un variado portafolio, para entender que el tema de la lectura ha dado respuesta más a un asunto de gobierno que a un asunto de cultura y de sociedad. De ahí que valdría la pena preguntarse entonces ¿si el variado interés gubernamental puede cruzarse con el interés cultural, académico, social y personal?[2] ¿Cuál es entonces, en el discurso del ejercicio político, el interés de los gobiernos para que se lea?
 
Si “leer libera” como lo promulga una de las campañas del Plan Nacional de Lectura y Bibliotecas del Ministerio de Cultura de Colombia del año 2003, ¿por qué entonces, en ocasiones, los posibles “activistas” lectores que expresan su inconformidad frente a lo gubernamental, son reprimidos y estigmatizados por los mismos gobiernos? ¿Hacia dónde orientan realmente los intereses lectores desde los planes de lectura gubernamentales?
 
Por otra parte, y en cuanto al ámbito cultural donde se mezclan las transmisiones familiares, escolares y sociales, y todo lo que de ello se ramifica, la práctica de la lectura se da siempre y cuando pudiese haber existido, de acuerdo con Bourdieu, el sistema de disposiciones para que esto suceda. Es decir, en la medida en que en el hogar y en la escuela se haya estimulado el acercamiento a los libros, al arte, a la recreación para poder enunciarse que se tienen los elementos transmisivos mediante los cuales se soporta la práctica de la lectura reflejada en el contexto en que se habita. El interés de la familia porque se lea en ella, impulsada especialmente por los padres, puede tener matices que giran alrededor de aspectos religiosos, políticos, económicos, etc., que de acuerdo con los intereses de proyección de los hijos; de comprensión de las lecturas que hagan en espacios de formación, por ejemplo, posiblemente se vayan distanciando con el tiempo de los intereses de lectura paternos, y muy probablemente, de los intereses de lectura planteados por lo gubernamental, ya que van adquiriendo otros intereses lectores que respondan a sus expectativas de vida.

En este orden de ideas, lo que se podría decir es que la lectura lo que activa es la reflexión frente a las propuestas del medio estatal y cultural para comprender las dinámicas reales en que se mueve el mundo social.   
Producto de lo anterior, y a manera de una “especulación real”, es probable que los intereses de lectura de los sujetos sociales, en la instancia de la vida en que se “desprenden” de la familia, de algunos enunciados y propuestas de la escuela, y por ende, de alguna “cultura” de intereses lectores planteada desde el ente gubernamental, sean totalmente ajenos a estos, y por consiguiente, los sujetos asuman una posición de refutación y de crítica frente a las propuestas de lectura de la que, consientes o no, han venido siendo partícipes.
 
Es en esto último, donde se presume un total rompimiento de los intereses de lectura de los gobiernos, de la cultura y de la sociedad, de ahí que valdría la pena entonces preguntarse ¿dónde, en qué momento, se cruzan los intereses por leer entre los gobiernos, la cultura y las personas? Y agreguemos otra ¿qué es entonces leer frente a lo que implica ser lector en los diferentes ámbitos de formación humana, social y profesional?
 
Espero que esta particular reflexión sea del interés de algún lector.   




[1] Bibliotecas Móviles creado en 1982, pasando por el Plan Nacional de Bibliotecas Públicas de Colcultura en 1989, el Programa de Bibliotecas Rurales convenido entre el Gobierno Nacional y las alcaldías municipales en 1991 y El Plan Nacional de Lectura “Es rico leer” de 1992, hasta llegar en el año 2003 a la creación del actual Plan Nacional de Lectura y Bibliotecas, (PNLB).
 
[2] Y no se vincula a lo educativo, en tanto es un ámbito incrustado al aparato del gobierno.
 
3. Ministerio de Cultura de Colombia. (2003). Plan Nacional de Lectura y Bibliotecas.
  

Oct 9, 2013

El hábito de la lectura desde el habitus de Pierre Bourdieu

Por toto

El presente texto, del que podría decirse es la continuidad del texto anterior, tiene como pretensión reflexionar alrededor de la pregunta: ¿desde dónde se podría concebir el hábito de la lectura?  Para ello, se tiene en cuenta que se percibe la lectura desde su dimensión social, es decir, como una práctica que pueda ser realizada en los entornos cotidianos de los sujetos. Por tanto, se considera pertinente que la reflexión se aborde a partir del concepto de habitus planteado por Pierre Bourdieu, en tanto da luces que bien pueden asumirse para la ejecución de acciones y estrategias mediante las cuales se pueda llevar a buen fin esta pretensión de hacer de la lectura un hábito.

¿Cómo podría “llegar” el hábito; y por tanto, el hábito de leer?

Desde una definición muy básica de la psicología se tiene que el hábito es la “tendencia latente a una determinada conducta”; y asimismo, que es “una acción manifiesta o latente que reaparece en situaciones similares”. (Dorsch, 1994, p. 364). El hábito por lo tanto, según esta misma fuente, se relaciona con el aprendizaje.

De ahí, que para considerarse dentro del marco del aprendizaje, el hábito implica un proceso que, por razones obvias, debe tener un inicio, más no un final, sino más bien unas construcciones cada vez mejor elaboradas, dependiendo de aspectos psicológicos, culturales y sociales; esto es, según la proyección que cada sujeto asume y lo que relaciona para sí del entorno y el contexto.  Desde esta óptica, se podría plantear entonces otra pregunta: ¿el hábito se hereda, se transmite o se adquiere?

Si se presume como una herencia relacionada con una “riqueza” determinada, se tendría, por tanto, que quienes la poseían o poseen debieron generarla a partir de iniciativas, momentos, prácticas y proyecciones, etc., y que, como tal, beneficiaría al heredero, eso sí, si éste la recibe para la proyección y construcción de mejores “cosas”.

Enmarcado como herencia, por consiguiente, el hábito de la lectura necesitaría de ser recibido bajo la premisa de ser algo apreciado que ha sido conservado porque se consideró que puede beneficiar la ambición personal o profesional, en la perspectiva de ser sujetos con una mirada más holística respecto a lo que implica vivir con los otros y con lo otro. En este caso el hábito de la lectura tendría como característica el de ser “algo entregado…”.

En cuanto a avizorarse como una transmisión, significaría hablar, posiblemente, desde un aspecto cultural que requirió de tiempo, de unas costumbres acordadas que generaron prácticas, entre ellas, la lectura; lo que implicó, por lo tanto, el que se tuvieran unas convicciones y unas simbologías para que la acción de transmitir pudiese encontrar sujetos dispuestos, desde la convicción, a ser parte de esa cadena de transmisión.   

Frente al hábito como adquisición, y relacionándolo también con una muy simplificada definición desde la pedagogía, se plantea que “[…] es una adaptación activa o pasiva adquirida por la experiencia, que se añade a la adaptación biológica, originaria”. (Dorsch, 1994, p. 364).

Ahora, a partir de lo anterior valdría la pena preguntarse ¿cómo adaptar el hábito de la lectura cuando en la experiencia no se cuenta con herencias o transmisiones de lectura, es decir, cuando en una sociedad gran parte de la población, por razones de toda índole, no ha experimentado un encuentro sensato con el libro y la lectura? 

En este plano la adquisición del hábito lector involucra especialmente las decisiones del sujeto en relación a la manera como el entorno y el contexto le ofrece lo que pretende que adquiera. Y al hablar de decisiones por parte del sujeto, se habla de los intereses, las expectativas y, hasta las utilidades prácticas que le pueda dar lo que desean que él adquiera; ¿y si el sujeto, por decisión o por gusto, no desea adquirir el hábito de la lectura? ¿Y si, como lo plantea Martín Barbero (2005), el sujeto ha adquirido otros modos de leer, por qué solo se le promueve el texto escrito?

En aras de brindarle a la promoción de lectura elementos que le permitan identificar acciones, estrategias, gustos y posibilidades para trabajar en pro del hábito, sería interesante que los estudios respecto al tema, más allá de preguntarse sobre si aumentó o no el hábito lector, se preguntaran sobre qué le gustaría leer al padre, a la madre, a los hijos, a los maestros y estudiantes de educación básica, media y superior, al obrero, al doctor, etc., esto, quizás, entregaría unas respuestas que, desde lo cualitativo, permitirían, probablemente, saber si hay o no herencias, transmisiones y adquisiciones respecto a la lectura, y especialmente, los aspectos específicos que los rodean.     

La lectura desde el habitus de Pierre Bourdieu

Bourdieu concibe el habitus como

Un sistema de disposiciones durables y transferibles - estructuras estructuradas predispuestas a funcionar como estructuras estructurantes - que integran todas las experiencias pasadas y funciona en cada momento como matriz estructurante de las percepciones, las apreciaciones y las acciones de los agentes de cara a una coyuntura o acontecimiento y que él contribuye a producir. (Bourdieu, 1972, p. 178).

Asumida desde esta lógica, la lectura como sistema de disposiciones durables y transferibles, implicaría que en algunos de los espacios cotidianos en que se mueven los sujetos existan disposiciones, lo que para el presente texto se asume como simbologías, que le posibiliten al sujeto, en la dimensión de Bourdieu, la incorporación y/o aumento del capital simbólico (2013) a través del cual se herede, se transmita o se adquiera el hábito de la lectura. Esto es, si en el ámbito familiar se realizan acciones como: habitaciones con afiches en pro del libro, la música, obras de teatro, rondas infantiles (en el caso de los niños); contar con una biblioteca; de igual manera, que se lea por parte de madres y padres de familia, y que se generen discusiones en torno a artículos, libros, autores, la música, la realidad, etc., quizás los niños y jóvenes que hacen parte de este ámbito familiar asumirían la lectura casi como algo natural.     

Y si a esto se le suma el hecho de que la escuela propenda por un proyecto de lectura transversal al currículo; estrategias pedagógicas donde se promueva la lectura de una poesía, una noticia de periódico, un cuento interactivo, la biografía de Baldor, etc., no importando si se es maestro de matemáticas, sociales, etc., unido a maestros usuarios constantes de la biblioteca y lectores en los pasillos, en la sala de maestros, etc., probablemente esto contribuiría de manera significativa a que los estudiantes incrementen o vayan estructurando el hábito lector como una práctica solvente en su proyección como sujetos sociales y visionarios.

Asimismo, si en los espacios heterogéneos donde confluye gran parte de la sociedad alrededor del libro, la lectura y la cultura como son las bibliotecas públicas, se conciben estrategias que posibiliten no solo el encuentro con el mundo de la ficción o la poesía, sino también con el mundo de la realidad, leyendo el periódico o un artículo de revista, o un invento o una biografía en grupo, se estaría brindando, quizás, elementos que permitirían también la estructuración para la lectura de la realidad; sujetos lectores pero también informados y formados para cumplir roles respecto a valores sociales, ciudadanos y políticos.   

Pero, este sistema de simbologías y acciones debe estar apoyado por unos parámetros gubernamentales que lleven a que ese capital lector incorporado en la familia y la escuela, se traduzca en una propuesta estructurada que contribuya con la proyección de los sujetos que conforman la sociedad. Es decir, se estaría hablando de una propuesta estructurante que permea el entorno familiar, escolar y social con la práctica de la lectura, y que provee a la sociedad de sujetos cuyas percepciones y decisiones sobre la realidad, estarían girando en pro de generar también un desarrollo social, económico, político y cultural.

La lectura entonces asumida desde el habitus, necesita del compromiso por parte de quienes conforman los diferentes entornos del contexto social para poder vislumbrarse como una práctica estructurada que estructura comportamientos y visiones, a partir de los cuales se sustenta el bienestar y el desarrollo de una sociedad.

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* Barbero Martín, Jesús. (2005). Los modos de leer. Bogotá. Centro de Competencia en Comunicación para América Latina. En: http://www.fesmedia-latin-america.org/uploads/media/Los_modos_de_leer.pdf

* Bourdieu, Pierre. (1972). El sentido práctico. Madrid: Ediciones Taurus.

* Chartier, Roger. (2002). Prácticas de lectura. Bolivia: Plural Editores.

* Dewey, John. (2004). La opinión pública y sus problemas. Madrid: Ediciones Morata.

* Dorsch, Friedrich. (1994). diccionario de Psicología. españa: Ediciones Herder







Feb 7, 2013

La promoción de la lectura: ¿hábito o comportamiento lector?

Por toto 

Ya es un hecho que la promoción de la lectura se ha convertido en un aspecto a tener en cuenta dentro de las agendas gubernamentales de los países. Así lo demuestran los planes nacionales que, de acuerdo al CERLALC1 , se han creado en Latinoamérica; veamos algunos de ellos: 

Argentina: Plan Nacional de Lectura
Campaña Nacional de Lectura
Brasil: Plan Nacional del Libro y la Lectura “Fome de Livro”
Colombia: Plan Nacional de Lectura y Bibliotecas
Cuba: Programa Nacional por la Lectura
Ecuador: Campaña Nacional Eugenio Espejo por el Libro y la Lectura
El Salvador: “Ahora nosotros tenemos la palabra”
España: Plan de Fomento de la Lectura “Leer te da más”
México: Programa de Fomento del Libro y la Lectura “Hacia un país de lectores”
Venezuela: Plan Nacional de Lectura “Todos por la lectura” 

Estos planes han sido el insumo de las redes de bibliotecas públicas y otras instituciones para la creación de los programas de promoción de lectura, los cuales están contando cada vez más con un mayor volumen de profesionales que quieren sumarse a esta labor de acercar el libro y la lectura a todo tipo de público. Programas como leer en familia, la hora del cuento, los talleres literarios, etc., son hoy un común denominador en las bibliotecas públicas cuyo objeto es hacer que niños (as), jóvenes y adultos puedan tener el acceso al libro sin restricción alguna, y así poder contribuir con la creación de sociedades lectoras. 

En esta dimensión, y con el interés de hallar la efectividad que ha tenido la ejecución de estos planes, se ha hecho necesaria la creación de herramientas de medición con las cuales se puedan establecer algunas variables que permitan obtener resultados óptimos. Al respecto, el CERLAL, entidad de la UNESCO reconocida en nuestro contexto por su trabajo en pro de la lectura, presentó en el año 2012 el Boletín2 estadístico donde se presentan los resultados de un estudio realizado sorbre los hábitos de lectura en Iberoamérica, y el cual, consultó acerca de variables como: no lectores de libros, lectura de libros y gusto por la lectura, razones de no lectura por falta de tiempo, lectura de libros y promedio de libros leídos por habitantes, se obtuvo, entre otros, los siguientes resultados:

• Alrededor de la mitad de la población de los países indagados se declara como no lectora de libros.
• La actualización cultural y la lectura por placer son las motivaciones más recurrentes en los países analizados.
• La lectura por motivación académica tiene un menor peso relativo en los estudios […].
• La falta de tiempo es el principal argu¬mento para no leer […].
• En promedio, el índice de lectura de libros de la población de los países estudiados se encuentra en alrededor de 41% […].

Lo anterior lleva a concebir la idea de que el hábito lector ha tenido como núcleo de medición la perspectiva cuantitativa, como bien lo permiten percibir, tanto las variables que se han mencionado, como algunos de los resultados obtenidos. De ahí, que a manera de reflexión, y para efectos del presente texto, la discusión que se plantea gira alrededor de las siguientes preguntas:

¿Qué es realmente el hábito lector?
¿Será suficiente el que un hábito, en este caso el de la lectura, se mida a partir de datos cuantitativos?
¿Podrá haber alguna diferencia entre hábito y comportamiento lector?

El hábito, y el hábito lector 

Se asume la lectura como una práctica social, por lo que, para hablar del hábito es obvio que también éste se asuma desde su relación con lo social. Eso sí, se aclara que la presente reflexión no pretende entrar en discusiones desde lo disciplinar y conceptual, sino, más bien, de ofrecer ciertas apreciaciones que puedan describir algunos aspectos que forman el hábito.

Vigotsky (2007) plantea que “uno de los más importantes aspectos de la psicología de los hábitos es el problema de la repetición” . El autor prosigue diciendo que:

      […] Es sabido que existe una teoría, que
     goza de amplia aceptación, según la cual los
     hábitos se forman a consecuencia de la
    repetición mecánica de cierta acción (Watson,
    Thorndike y otros); por lo tanto, se afirma que
    la condición fundamental para la consecución
    de un hábito es la repetición frecuente de las
    condiciones básicas entre “estímulo” y
   “respuesta3.

Por otra parte, Velásquez (2001) establece, entre otras clases, la de los hábitos motores, de los que plantea que “infinidad de hábitos motores llenan nuestra vida cotidiana: vestirnos, desvestirnos, bañarnos, tomar el desayuno, encaminarnos a nuestro trabajo, conducir un automóvil, escribir en máquina, etc.”4

En este sentido, se podría considerar que la repetición de una actividad, bien sea por la búsqueda de la supervivencia, o por el quehacer cotidiano, nos permite establecer un marco de acción para el diario vivir. De acuerdo con Vigotsky, esto pasa a ser problema, en tanto, el hecho de mecanizar nuestras acciones puede implicar en que éstas no representen mayor importancia para nuestra proyección ni para la relación con la sociedad. Es decir, acciones como desayunar, caminar, ver una novela, etc., en ocasiones no pasan de ser un asunto de rutina, de poca trascendencia para nuestro ser porque son cosas enmarcadas dentro de la cotidianidad del hacer común. De igual manera, también ejecutamos otras acciones que pueden derivar en proyecciones personales y profesionales. Estudiar, hacer deporte, escribir, leer, etc., pueden brindar la posibilidad de establecer los parámetros para mejorar la calidad de vida, esto es, por ejemplo, para tomar decisiones sobre nuestra formación intelectual, asumir una disciplina determinada para mantenernos saludables, y para fundarnos las nociones a partir de los cuales interactuamos con el entorno social.

Desde ésta óptica, y en el caso específico de la lectura, es claro que ésta nos ofrece las bases necesarias, tanto para nuestra proyección, como para entablar una mejor relación con el medio en que habitamos. Promover su acercamiento bajo la premisa de cumplir con unos datos estadísticos, o, desde acciones, en ocasiones lúdicas y sin ningún norte, conlleva a que, posiblemente, se esté orientando su encuentro para asumir actitudes repetitivas y sin ningún dejo de reflexión frente a las expectativas que se tengan respecto a la vida y el mundo.

El hábito de la lectura no es solamente un asunto porcentual que deba responder a la pregunta de ¿cuántos libros se lee?, sino, que debe concebirse desde una claridad conceptual que permita diseñar unas propuestas acordes a las condiciones biológicas, sociales, económicas y políticas que rodean la razón de ser de la existencia de una persona. Es decir, no se puede pretender formar el hábito lector bajo la premisa de que una persona lea simplemente determinada cantidad de libros por mes, por año, etc., sin que ésta no tenga los elementos que le posibiliten la comprensión, la reflexión y la toma de posición frente a las ideas del texto, del autor, de sí mismo y del entorno. De igual manera, no se pueden crear programas de promoción de lectura, sin tener, al menos, una visión general del contexto familiar, cultural, etc., que son los aspectos que marcan el capital cultural de una persona, y que le posibilitan, o no, la comprensión de lo que lee, y por ende, el que asuma el hábito de la lectura.

Por lo tanto, para tratar de formar el hábito lector es necesario que éste se piense en relación al lector, a sus condiciones en el diario vivir, a sus percepciones del mundo, a sus perspectivas de vida. De lo contrario, podríamos estar incurriendo en el error de crear programas de promoción de lectura enfocados hacia una comprensión mediática y repetitiva, que a lo único que apunten es a instruir linealmente las expectativas del lector, como también a homogenizar el gusto lector de una comunidad heterogénea. Y como para sustentar esta reflexión, no es sino echar un vistazo a la definición que se plantea en el Informe sobre hábitos de lecturaque el Ministerio de Educación de Colombia presentó a los medios en el año 2006, y en el cual se expresa que: “Hábito de lectura: Es una práctica adquirida por repetición, marcada por tendencias y que forma costumbres o prácticas frecuentes de lectura. A través de los actos habituales de lectura se pueden identificar frecuencias, intensidades, modos, lugares, etc.”. 

El comportamiento, y el comportamiento lector 

 Al igual que con el hábito, se hablará del comportamiento lector desde la perspectiva de su relación con lo social.

Con base en lo expuesto líneas arriba se podría afirmar entonces, que el hábito genera el comportamiento, bien sea frecuencial y repetitivo, o bien, un comportamiento concebido para un proyecto de vida. Es pues, que si una persona ha asumido el hábito de fumar por repetir una acción vista en la familia o en su entorno social, es obvio que sus acciones alrededor de este hábito sean mecánicas: cada determinado tiempo y en determinadas situaciones, sale a un lugar abierto, aspira y bota el humo. Posiblemente estas acciones son inconscientes, la acción de la persona responde al hábito de tener un cigarrillo en la mano.

Asimismo, habrá quien, por convicción, asume el hábito del deporte bajo la consideración de mantenerse saludable. Sus acciones se determinan también por una regularidad. Sin embargo, a medida que su convicción y el deporte escogido lo exigen, esta persona cambia sus expectativas y sus prácticas, en tanto, puede que ingrese a formar parte de un club deportivo para competir, o puede que aumente el nivel de exigencia deportiva bajo la idea de sentirse mejor, etc. En este caso, a diferencia del caso anterior, el hábito se traduce en unas acciones conscientes, y mediante las cuales se establecen las relaciones con los otros y con el medio. Hay unos niveles de exigencia de sí mismo, puesto que se tiene la convicción de que se puede ser mejor, lo que podría considerarse como el hecho de que se asumió un hábito para la proyección personal, y por supuesto, para mejorar la calidad de vida.

El comportamiento, y en específico, el comportamiento social, según Homans6, se rige por unos principios particulares, como son:

- Cuanto más sea recompensada la actividad de una persona, tanto más probable es que ésta lleve a cabo esa actividad.
- Si la actividad de una persona se ha visto recompensada en el pasado, mayor es la probabilidad de que esa persona realice esa actividad u otra semejante.
- Cuanto más valiosa sea la recompensa de una actividad para una persona, tanto más probable es que ésta realice esa actividad […].

Así que, si se considera como recompensa aquellos estímulos que desde el entorno familiar, escolar y social lleven a asumir un hábito determinado, y más aún, un hábito que contribuya al proyecto de vida, posiblemente suceda que la persona lo introyecte en su mente para proyectarse como ser y en el hacer.

En este orden de ideas, si se asumiera la lectura como la recompensa a través de la cual se estimula la comprensión de la historia, de las dinámicas que mueven el entorno social y la vida misma, se estaría contribuyendo a que ésta se convierta en un hábito dentro de las acciones cotidianas y visionarias de una persona.

De ahí que el comportamiento lector se traduciría en el resultado de un hábito estimulado, inicialmente, en el entorno familiar, y posteriormente, en la escuela y otras instituciones que trabajen bajo el mismo objetivo.

Para esto es necesario que una política de lectura se encuadre en un marco conceptual y estratégico claro, desde donde se consideren las condiciones en que se desenvuelve la persona, y enfocado hacia la comprensión del contexto que la rodea. Así, la política no solo conllevaría a la obtención de resultados  cuantitativos, sino, que favorecería las percepciones del lector desde variables cualitativas.

La promoción de la lectura entonces, debe plantearse desde los objetivos que enmarcan la política de lectura, con el fin de contribuir con planes de trabajo acordes a estos objetivos, pero también, con el objeto de estimular el acercamiento a los libros en un entorno con condiciones específicas. De ahí, que no solo se debe promover la lectura bajo metodologías similares, sino que, desde la perspectiva del lector, la adquisición del hábito y el comportamiento, requieren del ofrecimiento de variadas opciones. Partiendo del hecho de que promover lectura no es promover solo literatura, sino también, otro tipo de textos y formatos que le brinden al lector la posibilidad de disfrutar del mundo de la ficción, y de igual manera, de reflexionar y contrarrestar la realidad. Esto le favorecería porque tendría los elementos de comprensión requeridos para realizar la lectura del mundo (Freire, 1984) y de su mundo.

En esta medida, la formación o la adquisición del hábito y el comportamiento lector, no se pueden considerar solo porque así lo muestran los resultados estadísticos. Para asumir un comportamiento lector, la persona debe tener unas bases sólidas que la lleven a determinar el qué, el porqué y el para qué lo asume. El hábito puede generar el comportamiento lector, pero es necesario precisar que éste último, de acuerdo a condiciones del orden de lo familiar, social, económico, etc., puede debatirse entre acciones mecánicas o acciones de proyección. Por eso, en la medida en que desde la esfera estatal y desde las instituciones que promueven la lectura, no se percaten de este hecho, posiblemente todos los planes y programas que se han creado, o que se estén creando con el objeto de contribuir con el aumento de los hábitos de lectura, estén contribuyendo realmente a que la lectura sea percibida por el lector como una acción repetitiva, y probablemente, no la considere, ni dentro de sus gustos, ni dentro de su marco de proyección. 

Las personas nos caracterizamos por ser seres biológica, psicológica y socialmente complejas, que nos comportamos a partir de determinados estímulos. Pretender direccionar el comportamiento desde estrategias planas y repetitivas, y más aún, pretender concebirlo desde estándares cuantitativos, es reducir tal complejidad humana a acciones mecanizadas y cifradas. El comportamiento lector, en la medida en que se piensen, se reflexionen y se consideren los aspectos que lo estructuran, puede implicar la ejecución de unas acciones que satisfagan la visión humana, y, por qué no, que aporten al desarrollo de una sociedad.

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[1] Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe. (s.f.). Planes Nacionales de Lectura en Iberoamérica. Recuperado el 14 de diciembre de 2012, del sitio Web del CERLAL: http://www.cerlalc.org/redplanes/secciones/pnlb.html 

[2] Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe, (2012). Lectura, Escritura y Bibliotecas: Comportamiento lector y hábitos de lectura. En: El libro en cifras: Boletín estadístico del libro en Iberoamérica. (pp. 10 - 12). Bogotá. CERLALC.

[3] VIGOTSKY, Lev Semiónovich; et. al. (2007). Psicología y pedagogía. (3ª. Ed.). Madrid: Ediciones Akal. p. 174.

[4] VELÁSQUEZ, José M. (2001). Curso elemental de Psicología. México. Compañía General de Ediciones S.A. p. 320.

[5] MINISTERIO DE EDUCACIÓN DE COLOMBIA. (s.f.) Hábitos de Lectura en Colombia. Informe para medios. Recuperado el 11 de enero de 2013, del sio Web del Ministerio: http://www.mineducacion.gov.co/cvn/1665/article-115093.html 

[6] HOMANS, G. C. (1995). Teoría del intercambio. Citado por Álvaro E., José Luis. En: Psicología social: perspectivas teóricas y metodológicas. Madrid: Siglo XXI Editores. p. 43.

ALVARO ESTRAMIANA, José Luis. [Editor]. (1995). Psicología social: perspectivas teóricas y metodológicas. Madrid: Siglo XXI Editores.

BOURDIEU, Pierre. (1998). Capital cultural, escuela y espacio social. México. Siglo XXI Editores.

FREIRE, Paulo. (1984). La importancia del acto de leer y el proceso de liberación. Buenos Aires: Siglo XXI Editores. 

RIBES IÑESTA, Emilio. (2002). Psicología del aprendizaje. México: Editorial el Manual Moderno.





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